La leyenda de la yerba mate
Un verde y divino regalo
Los guaraníes desarrollaron el uso de la yerba mate en infusiones, apósitos sobre heridas o masticada y puesta sobre las sienes para calmar el dolor de cabeza y la fiebre, así como también el uso como bebida refrescante y diurética. El uso medicinal era primordial, así como lo era el del pety (tabaco), y utilizado también en rituales religiosos.
La leyenda de la yerba mate en el universo de los guaraníes está vinculada a la figura de Pa´i Sume (Santo Tomé) y a las palabras Ka´a-yarýi o Ka´a-póra. Se habla de la presencia del Pa’i Sume entre los guaraníes mucho antes de la llegada de los españoles y es él quien justamente predica y deja como legado el correcto uso de la yerba, ya que en su estado natural es venenosa, por lo que las hojas deben ser maceradas, tostadas y molidas antes de su empleo como infusión.
El hecho real es que los indígenas conocían de antaño el uso de la hierba ka´a. Entre los relatos recogidos por André Thevet, de los guaraníes tupinamba, figura el nombre del Padre Creador como Moñan, Maire, Sume o Sumai. Esta misma figura es llamada ñanderuguasu o ñanderu Tenonde entre los Kari´o, los Mby´a, los Apâpukúva.
Los misioneros católicos habrían utilizado la figura de Sume para adaptarla a la de Tomé, en función al adoctrinamiento cristiano del momento. Según los relatos guaraníes de entonces, el creador, Pa´i o Paje Sume, les había enseñado a los guaraníes cómo producir el fuego, cómo despedazar la mandioca y hacerla comestible, cuáles eran los vegetales venenosos y cuáles eran los alimentos, así como las prácticas agrícolas y usos mágicos de la flora.
Otra versión guaraní es que Avare Sume marangatu (Sumé, el verdadero hombre habilidoso) es quien descubrió el uso de la yerba. Los españoles habrían aprovechado esta similitud fónica y vincularon la creencia indígena con las enseñanzas cristianas.
“Bastardearon la original leyenda aborigen en la que ñanderu Sume es el que enseña a sus hijos las prácticas agrícolas, entre las que se encuentra esta maravillosa infusión de auténtico origen guaraní”, señala Girala Yampey, autor de una recopilación de mitos y leyendas de los guaraníes sobre el “Ayvu rapyta”, de León Cadogan y “Los mitos de los apâkúva guaraní”, de Kurt Unkel.
La misma cita la leyenda descrita por Ernesto Morales, de Corrientes, quien al escribir sobre Jasy (Luna), quien bajó a la tierra acompañada de Arai (nube), ambas en forma humana, fueron sorprendidas por un jaguarete. Cuando éste estaba por lanzarse sobre ellas, una flecha disparada por un anciano aborigen hirió al animal y con un segundo flechazo acabó con la fiera.
En ese instante ambas recuperaron sus formas originales, pero esa noche, durante el sueño del anciano, ambas se dieron a conocer y le agradecieron su intervención. Como celebración o recompensa, Jasy dijo que había hecho nacer una nueva planta llamada ka´a, “planta benéfica y protectora, obtenida por la buena acción de un hombre que expuso su vida para salvar a las dos mujeres. Irradia su acción y reconforta a quien esté cansado, tonifica al enfermo y es símbolo de amistosa hermandad entre los hombres, además de establecer un entendimiento más amigable y solidario entre las personas”.
FUENTE: Girala Yampey, “Mitos y Leyendas Guaraníes”, Editorial Manuel Ortíz Guerrero, 2003.
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La leyenda de la mandioca
El pan de cada día de los guaraníes
La tradicional y multifuncional mandi`o, mandioca o yuca ha servido a los guaraníes como su pan diario desde tiempos remotos. La leyenda dice que un día, una kuñata’i (muchacha), hija de un importante mburuvicha, se presentó ante su padre contándole que estaba embarazada, pero que no sabía de quién, ya que suponía que algún ñanderu fuera el causante del mágico suceso sin ella advertirlo.
El enfurecido padre presionó a la mujer y a familiares en busca de un “culpable”, pero nadie decía nada. Al cabo de un tiempo nació una niña hermosa a la que llamaron Mani, quien rápido se ganó el cariño de todos y empezó a hablar como adulta, pero falleció a temprana edad.
Todos lamentaron la súbita muerte y su tumba, ubicada en el patio de la casa familiar, era regada con las lágrimas diarias, por lo que nació de esa tierra una planta cuyos frutos comieron los pájaros y se embriagaron.
Observaron que el suelo alrededor de la planta se hinchaba y al cavar encontraron unos alargados tubérculos parecidos a los brazos de Mani. Eran las raíces de la extraña planta nueva cuya piel rugosa tenía una fina cutícula que se despellejaba fácilmente.
“Después de observarla atentamente y comentar sobre el nacimiento y los motivos de su aparición, aceptaron que Mani podría haber sido hija de algún ñanderu por su prodigioso desarrollo y la rapidez de la aparición de la planta sobre la tumba de la niña. Por lo tanto, luego de cabildeos y de probarla cruda, con efectos negativos, decidieron hervirla. Cuando estuvo cocinada, la comieron y encontraron que era un buen alimento de suave sabor por lo que la adoptaron en su dieta alimentaria. Pasó bastante tiempo para descubrir otras nuevas formas para conservarla y cocinarla, además de darle nuevas aplicaciones al tubérculo prodigioso que les habían enviado en forma tan singular, alguno de los ñanderu”.
Le dan el nombre de Mani´oga (casa o morada de Mani) porque había brotado de la tumba de ella y luego por la dinámica de la lengua, quedó el nombre en Mandi´o.
“Muchas lunas habían transcurrido. Se acercó el tiempo en que comenzaron a escasear los vientos fríos (el invierno se iba), y llegaba la época en que murió Mani. A fin de preparar los rituales de conmemoración de su muerte, masticaron la mandioca hervida y echaron los bolos, impregnados de saliva, en una vasija, agregaron agua y dejaron que fermentara. Habían inventado la forma de hacer el ka´uy (licor de embriaguez), comúnmente llamado chicha. La suave y refrescante bebida que proporciona el fervor para las danzas rituales. El alma de la niña, su ñe´êry (fluido de su palabra-alma), su carácter afable y su dulzura, se habían incorporado al valioso tubérculo”.
Según la leyenda, por haber nacido la mandioca de los restos de Mani, es posible reproducir la planta con solo enterrar los trozos de su propio tronco, que es como sembrar los brazos de la niña.
FUENTE: Girala Yampey, “Mitos y Leyendas Guaraníes”, Editorial Manuel Ortíz Guerrero, 2003.
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La leyenda del maíz
El alimento más importante
Avati (maíz) significa literalmente “nariz de hombre” y una de las leyendas sobre este alimento señala que durante un ataque enemigo, habían muerto muchos ava kuera, mucha gente.
Luego de haber rechazado el ataque, al anochecer, comenzaron a enterrar los cuerpos. Sin embargo, por lo avanzado de la noche, no pudieron culminar esta tarea.
“Entre otros, el cuerpo de un guerrero ava había quedado con la nariz fuera de la tierra. Cuando llegó el alba, encontraron al lado de la insepulta nariz una planta que luego fructificó en espigas con muchas semillas. Era el avati”.
Otra leyenda sobre el maíz habla de un mburuvicha llamado Ava, amado,
generoso y valiente gobernante de un populoso táva guaraní. Era temido por sus enemigos a raíz de su sabiduría y determinación, así como a la fuerza de sus brazos cuando empuñaba la lanza o macana. Esta bravura y prestigio generó envidia en algunos de su propia tribu, quienes esperaban el momento propicio para atacarlo y matarlo.
“Mba´e pochy”, el espíritu colérico, buscaba la forma de dañarlo porque el valeroso jefe respetaba a ñanderu Tupâ. Incitaba a los corazones enemigos de Ava, saturándolo de odio y de iracundia. La traición no se hizo esperar. Al amparo de unos árboles que bordeaban una senda, lo acecharon en una alevosa emboscada. La primera flecha cortó de un solo tajo la nariz de Ava. Otras, lanzadas por la espalda, le dieron muerte. La expedición de caza de Ava fue truncada por el cobarde asesinato. Su solitario cadáver quedó en el silencio del bosque”.
Tras la desaparición de Ava, su esposa e hijo fueron en su búsqueda por los montes donde él solía andar y lo encontraron en un cruce de caminos con las flechas traicioneras incrustadas en su cuerpo
inerte. La muerte de Ava produjo gran dolor en toda la comunidad, que finalmente enterró el cuerpo en un rozado cercano donde pasaron la noche, y al día siguiente se preguntaron qué futuro les esperaba sin el sabio y valiente jefe.
“De pronto, un raro pájaro, de gran tamaño, llegó hasta la tumba recién removida de Ava, y escarbando un hueco con sus patas, depositó en él la nariz que había quedado perdida en el bosque. Tapó el hoyo y voló graznando, hasta perderse de vista. Pareciera ser un raro enviado de ñanderu Tupa, si no fuera él mismo”.
Ni bien se alejó el pájaro, emergió del túmulo una planta de hojas verdes semejantes a lanzas, creciendo a gran velocidad comenzaron a salir varias espigas que parecían réplicas de la lanza y la emplumada maza de Ava.
“Con mucho asombro, arrancaron una de las espigas y, al separar su chala, descubrieron que estaba llena de unos granos cobrizos, como el color de la nariz de Ava. La espera, llena de sorpresas y cargada de angustias, se vio compensada con el regalo de esos granos que se convirtieron en principal y valioso alimento para toda la tribu”.
FUENTE: Girala Yampey, “Mitos y Leyendas Guaraníes”, Editorial Manuel Ortíz Guerrero, 2003.
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